De los nervios

Safari en Limpopo

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Llegando a Limpopo desde Johanesburgo, dejé el equipaje en el lodge y salimos de safari. Nos habíamos retrasado, y llegamos cuando casi estaba oscureciendo. Pregunté si no era muy tarde, si no era mejor dejarlo para el día siguiente, pero me dijeron que había tiempo de sobra. En el jeep un conductor-guía, en la primera fila de asientos yo sola en el medio y en la última fila una pareja de australianos.

Lodge en la Reserva Nacional de Limpopo (Sudáfrica)

Lodge en la Reserva Nacional de Limpopo (Sudáfrica)

El jeep era abierto, sin ventanas, y el conductor abatió el cristal delantero para poder ver mejor. De vez en cuando paraba el jeep, se colocaba las manos detrás de las orejas como intentando captar mejor el sonido y giraba a un lado o continuaba de frente. En ese momento me di cuenta que era todo un personaje.

Safari en Limpopo

Safari en Limpopo

Pronto empezamos a ver animales: cebras, impalas, búfalos. Todo estaba muy tranquilo, y me estaba gustando el paseo, pero estaba preocupada porque estaba oscureciendo muy deprisa. Me dije que no debía preocuparme porque el conductor debería saber lo que estaba haciendo.

Cebras en Limpopo

Cebras en Limpopo

Los australianos iban tan contentos, haciendo fotos, hablando entre ellos. Yo preocupada porque ya era noche cerrada. El conductor encendió las luces del jeep, pero no sé si las luces de un jeep son así o tenía las luces fundidas. Quería que viéramos uno de los 5 grandes, creo que lo consideraba como una cuestión de orgullo personal, así que ya desesperado dijo que se iba a parar a escuchar. Paró el jeep, ¡apagó las luces del coche! y nos quedamos completamente a oscuras. En ese momento pensé que más que un personaje, al conductor se le había ido la cabeza completamente. Nos quedamos en silencio, y yo rezaba. Sí, rezaba todo lo que sabía. No rezaba para que no me atacara un león, sino para que en caso de atacarme se comiera antes a la pareja australiana, que estaban entraditos en carnes, se saciara y ya despreciara hincarme a mí el diente. En silencio se oían todo tipo de ruidos en la selva. A mí todos ellos me parecían el rugir de un león. Entonces el conductor empezó a susurrar:”Here it comes, here it comes” (Aquí viene, aquí viene). Realmente yo no sabía qué venía, me imaginaba de todo (es increíble cómo funciona la mente y la imaginación humanas en situaciones de estrés). Entonces oí que estaba buscando algo, y de repente ¡se hizo la luz!. Había enchufado un portátil (esa especie de linterna que llevan algunas personas en el coche y se enchufa al encendedor) con un cable extensible y lo movía hacia todos lados . A la izquierda nada, nada a la derecha, enfoca de frente y ahí estaba:

Safari nocturno

Safari nocturno

En ese momento pensaba en mi madre. Si hubiera podido verme en esos instantes seguramente hubiera caído fulminada del susto. El elefante cruzó por delante de nosotros y se paró a comer tranquilamente. Más que la imagen, estaba impresionada por el sonido. Todo estaba en silencio, sólo se oían las pisadas del animal, el romper de las ramas con su trompa y cómo masticaba. Era como si el sonido de la selva se hubiera amplificado por 1000. Estábamos parados y sin decir nada. Aparte de la respiración del animal podía oír la mía propia. No sé el tiempo que estuvimos parados, pero hay un código no escrito en cualquier parque nacional de no interrumpir la vida de ningún animal. Si delante de ti se cruza una manada de elefantes tendrás que esperar a que pasen. Si un grupo de leones camina por la carretera, tendrás que esperar detrás de ellos a que se aparten, y no hacer nada que les moleste.

Safari nocturno en el Parque Nacional de Limpopo

Safari nocturno en el Parque Nacional de Limpopo

Sé que si alguien me contara una historia parecida, pensaría que era mentira, que qué inventiva tiene la gente, pero… cuando por fin se fue el elefante, el guía dijo que se nos había hecho muy tarde y que debíamos salir enseguida. Todavía con un brazo en alto con el portátil, giró la llave para encender el motor y…¡no arrancaba!. Yo sólo quería ponerme a llorar de miedo. Probó una segunda vez y nada. A la tercera hizo un amago de funcionar pero nada. Espero unos segundos, volvió a intentarlo, y ¡por fin arrancó!. En ese momento le habría dado un beso en la boca al conductor si me lo hubiera pedido.

Cuando llegamos al lodge, me dijo que nos esperaba al día siguiente a las 4:30 para hacer un “bush walk” (safari a pie) ¿¿¿a pie????. Dijo que no había ningún peligro (es como cuando ves un perro con aspecto fiero por la calle que va suelto, y el dueño detrás te asegura “que no hace nada”). Me explicó que por delante va un guía, los turistas en fila en medio, y cerrando la retaguardia otro guía. ¿Ya mí qué?. Ni aunque me hubiera escoltado un ejército entero hubiera ido a pie por la selva. Le dije que podía inventarme cualquier excusa para decirle que no, pero el único motivo es que me daba miedo, mucho miedo, y que prefería quedarme en el hotel desayunando tranquilamente y viendo los pajaritos.

Cuando llegaron los valientes del safari a pie al hotel volvimos a desayunar juntos y estuvieron haciendo chistes sobre mí y lo cobarde que soy. Pues bueno…

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