De los nervios

Sinvergüenzas hay en todos sitios

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Me molesta que me timen, me molesta bastante que me timen por ser turista, me molesta mucho que me timen por ser turista y mujer, y me molesta sobremanera que me time alguien que a priori su trabajo es el orden y la justicia.

Volé a Johanesburgo en Sudáfrica haciendo escala en el aeropuerto de Heathrow en Londres. Como mi escala era de casi 3 horas cambié unos euros por libras y comí en uno de los restaurantes. Como me sobraban unas pocas libras entré en una de las tiendas del duty free y compré 3 tabletas de chocolate. Ya sabes, comprar lo que sea de un precio lo más aproximado a la cantidad de que dispones. Al legar a Sudáfrica pasé el control de pasaportes sin problema, me acerqué a recoger mi maleta e intenté pasar por el control de aduanas. No es una sala abierta, sino que tiene unos pasillos laterales, donde en cada uno estaba plantado un policía. Al pasar con mi maleta y la mochila que llevé en la cabina, uno de los policías me hace una señal para que me acerque. Me acerco en plan cordero con mi mochila y mi maleta plastificada (siempre plastifico la maleta).

Me saluda, me pregunta de dónde vengo, y bla bla bla. Me dice: “Abra la mochila”. La abro, y saca el portátil, las cámaras, los objetivos, los cargadores y las 3 tabletas de chocolate. Me mira sonriendo y me dice: “A mi mujer le gusta mucho el chocolate”. Y le contesto: ” A mí también”. Me pregunta el motivo por el que plastifico la maleta. Le contesto que por seguridad, no para que no me roben, sino para que en ningún aeropuerto puedan introducir nada en ella. Me vuelve a repetir: “A mi mujer le encanta el chocolate inglés”, y lo repite pronunciando bien cada palabra. Yo, bastante corta, no pillo que quiere quedarse con el chocolate por la cara. Cuando ya se ha percatado que soy tonta perdida, me dice: “A mi mujer le gusta mucho el chocolate, ¿o quiere que le haga quitar el precinto a la maleta y se la revise?”. En esos momentos tenía un estado de empanamiento tal que seguía sin entenderlo. No entendía qué tenía que ver que a su mujer le gustara el chocolate con mi maleta plastificada. Cuando, por suerte, se activó una de mis pocas neuronas y caí en la cuenta que lo que quería quedarse con mi chocolate.

Viendo el panorama, medio apartada de la gente y con un policía que podía decir que llevaba cualquier cosa en la mochila, quedarse con mi portátil o lo que fuera, le dije:” Quizá le gustaría quedarse con este chocolate para su mujer”. El tío cogió las 3 tabletas y en un segundo las escondió bajo su chaqueta. Me dijo que continuara, y yo, lejos de sentirme aliviada porque no me había quitado una cámara o el portátil, me sentí completamente indignada. No pensaba quejarme a ningún superior porque imaginaba que todos serían más o menos iguales. Fueron sólo 3 tabletas de chocolate, pero lo peor fue la indefensión y la impotencia que sentí.

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