De los nervios

Edificio de la KGB: La casa de la esquina. ¡Escalofriante! (Riga)

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Este lugar es conocido en Letonia como La Casa de la Esquina, aunque yo la hubiera llamado La Casa de los Horrores.

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Durante un largo período del siglo XX albergó la sede de la KGB y se convirtió en el edificio más temido del país.

Este bonito edificio fue desalojado por las autoridades rusas para albergar allí las oficinas de la KGB desde las que espiar a los letones.

El edificio se encuentra en la esquina de las calles Brivibas y Stabu, a tan sólo 1 km desde el Monumento a la Libertad por la calle Brivibas.

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Consta de 2 partes: una exposición en la parte exterior y el el interior se pueden visitar las celdas, la sala de interrogatorios, el patio, la cocina. Lo realmente interesante es la parte interior, a la que no puedes acceder si no has comprado con antelación una entrada que incluya la visita guiada. En la entrada te asignan una hora para realizar la visita y que dura aproximadamente una hora (5,90 €). Puedes comprar la entrada allí o en la oficina de turismo del centro (como hice yo).

En la calle, al lado de la entrada, los rusos instalaron un buzón donde los letones podían remitir solicitudes de información sobre las personas detenidas o, aún más escalofriante, deslizar notas para informar a los servicios secretos de las actividades sospechosas anti-soviéticas de sus vecinos, compañeros de trabajo o incluso amigos y familiares. Era muy fácil ser considerado sospechoso, pero muy difícil demostrar su inocencia.

La exposición

Es la primera parte que se visita del edificio, donde se exponen mediante fotografías imágenes de personas detenidas y llevadas a este edificio por motivos casi siempre absurdos. Muchas veces era suficiente la denuncia de un vecino para ser llevado a estas instalaciones. Salir de allí era ya mucho más difícil…

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Hay una pequeña sala dentro de la exposición donde se puede ver un pequeño documental (muy interesante) en el que letones que sobrevivieron a este horror narran sus experiencias. Cómo eran torturados física y psicológicamente hasta que declaraban lo que los rusos querían. Me impactó especialmente el relato de una mujer ya muy mayor que contaba atrocidades increíbles que sufrió para que llegara a hacer la declaración que los soviéticos querían. No era sólo lo que contaba, sino cómo lo contaba: muy tranquila y serena, y con una forma de hablar hasta bondadosa mientras salían de su boca relatos escalofriantes.

El interior del edificio: escalofriante

Hay una primera sala donde se fichaba a los detenidos y donde estos debían dejar todas sus pertenencias antes de ser llevados a las celdas.

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Una vez fichados eran llevados a las celdas, donde tenían que permanecer más de 40 personas en una celda para 10 tumbados sobre su espalda mirando el techo. La luz de la celda permanecía encendida día y noche.

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No podían volverse sobre el costado porque inmediatamente entraba uno de los guardias y los golpeaba. Había un cubo grande en una esquina de la habitación donde todos los detenidos hacían sus necesidades. Entre ellos se producían muchas peleas por buscar un sitio lejos de estos cubos.

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Los que más colaboraban con la KGB tenían el privilegio de instalarse en una celda con cama con un tablón como colchón con 15 o 20 presos más que peleaban a diario por poder ocupar un pequeño espacio en esa cama.

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Los presos eran despojados de todas sus ropas, lo que hacía especialmente difícil la situación para las mujeres de aquélla época.

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A diario eran llevados a la sala de interrogatorios donde un oficial con una barra de madera los interrogaba mientras golpeaba mecánicamente la barra contra la mesa e incluso los golpeaba a ellos. Según supervivientes de este edificio, sólo el sonido de esa barra, continuo y rítmico, los llevaba a una profunda desesperación y ansiedad. El oficial colocaba una manzana sobre la mesa y con la otra mano golpeaba rítmicamente sobre ella, mientras hacía algún chiste como : “Estás aquí desnudo, y hay una manzana. ¡Esto debe ser el paraíso!“. El chiste quedó grabado en la mente de muchos detenidos.

Los presos disponían de una cocina donde eran los mismos presos los que cocinaban para otros presos e incluso los oficiales. El menú, por supuesto, no era el mismo.

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Aquí los prisioneros eran torturados e incluso asesinados. Los guardias golpeaban día y noche la puerta de la celda para impedir  a los presos que tuvieran un sueño continuo y así desestabilizarlos para que llegaran a confesar lo que ellos querían. Muchos de ellos conocían cuál podía ser su fin: la ejecución, y era tal su desesperación que declaraban cualquier cosa para acabar cuanto antes con ese suplicio.

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La sala de ejecuciones se mantiene igual, no se ha pintado, por lo que se ha tapado con un plástico negro las manchas de sangre que dejaban en las paredes las ejecuciones, e incluso restos orgánicos. Una vez ejecutados los amontonaban en camiones en los garajes, y un guardia subía al camión con una larga vara de hierro pinchando los cadáveres para comprobar que estaban realmente muertos.

En una pared del patio todavía se pueden ver los ganchos donde los reclusos fueron colgados con cadenas.

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Más de 30.000 personas trabajaron en este edificio entre la Segunda Guerra Mundial y 1991. Muchos de estos 30.000 eran también letones.. Esto abrió una herida profunda entre los letones, que una vez finalizada la ocupación no podían olvidar que su amigo, su vecino o incluso su primo los había denunciado.

Cientos de miles de documentos e historiales de las víctimas se guardan en una fábrica de radios a las afueras de Riga.

Los nombres de los agentes de la KGB se encuentran codificados. Sus identidades reales están en 4.300 tarjetas, archivadas en sacos y custodiadas por las autoridades letonas.

Siempre que el parlamento ha intentado abrir esos archivos, la medida ha sido inmediatamente bloqueada por ciertos políticos que quieren esconder su propio pasado colaboracionista con la KGB.

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